Muchas personas se ven obligadas a hablar en público. Presentaciones comerciales, intervenciones en reuniones, discursos, alegaciones en público, conferencias, clases, presentaciones en congresos, presentación de proyectos, exámenes orales y otras situaciones requieren comunicarse mediante la palabra con grupos de personas, conocidas o no, más o menos grandes.
En muchos casos, el miedo a hablar en público y la falta de habilidades provocan, si es posible, evitar esta responsabilidad; y cuando no es factible, una intervención deficiente e ineficaz. Con bastante frecuencia, los oradores tienen cosas interesantes que decir, buenos productos que vender, mensajes importantes que dar, valiosos conocimientos que transmitir… y sin embargo, una mala presentación lo arruina o minimiza.
¿Qué es lo más importante de una presentación en público? Sin duda, no lo que el orador dice, sino lo que la audiencia asimila de lo que dice; y para conseguir que asimile lo que el orador pretende, resulta crucial interesarla, captar su atención, involucrarla, transmitir una emoción, no perderla en el transcurso de la exposición, y conseguir el impacto de los mensajes que se consideren prioritarios. ¿Cómo se logra esto? Evidentemente, no “soltando” de cualquier manera “el rollo” que el orador ha preparado, a menudo exhaustivamente con elaboradas e interminables transparencias, sino utilizando determinadas técnicas que tienen que ver con la forma en que el orador aparece y actúa ante la audiencia y transmite los contenidos.
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